A 53 años del golpe de Estado, recordar lo ocurrido durante la dictadura exige también preguntarnos cómo hemos construido esa memoria y qué dimensiones de la represión tardamos demasiado tiempo en reconocer.

Durante demasiado tiempo, la historia de las violaciones masivas, sistemáticas y generalizadas a los derechos humanos cometidas durante la dictadura civil militar fue construida sin atender suficientemente a las distintas formas en que la represión afectó a las personas. Hombres y mujeres fueron detenidos, torturados, ejecutados, desaparecidos y forzados al exilio, y el sufrimiento de cada una de esas víctimas forma parte indispensable de nuestra memoria.

Sin embargo, esa forma general de relatar la represión dejó durante años en un segundo plano una dimensión fundamental: la violencia ejercida por agentes del Estado también estuvo atravesada por el género y, en el caso de las mujeres, este operó como un factor específico de castigo, disciplinamiento y violencia.

Las mujeres fueron perseguidas por sus ideas, por su militancia, por participar en sindicatos, partidos, organizaciones sociales, juntas de vecinos y centros de estudiantes. Pero sobre ellas se ejercieron, además, formas específicas de violencia dirigidas contra sus cuerpos, su sexualidad y su condición de mujeres. La violencia sexual fue utilizada para torturar, humillar, obtener información, intimidar, castigar y disciplinar.

Por eso es importante nombrar la violencia política sexual como una forma de  tortura. No se trató de hechos aislados ni de simples “excesos” cometidos por determinados agentes. Ocurrió en el contexto de un aparato represivo estatal y desde una posición absoluta de poder sobre mujeres privadas de libertad o sometidas al control de sus captores.

Tampoco podemos reducirla a la violación. Las sobrevivientes han relatado desnudez forzada, tocaciones, amenazas de violación, insultos y humillaciones sexualizadas, agresiones sexuales y distintas formas de tortura dirigidas específicamente contra sus cuerpos y su sexualidad.

Había, además, un mensaje profundamente disciplinador. Se castigaba a las mujeres consideradas adversarias políticas, pero también a aquellas que habían transgredido el lugar que el orden patriarcal les asignaba. Mujeres que militaban, dirigían, opinaban, se organizaban y ocupaban el espacio público. Sus cuerpos se convirtieron así en un territorio sobre el cual ejercer la represión política y, al mismo tiempo, restaurar violentamente un determinado orden de género.

Después de la violencia vino el silencio. Muchas sobrevivientes necesitaron años, incluso décadas, para hablar. Hubo trauma, miedo y vergüenza, pero hubo también una sociedad que no estaba preparada para escucharlas. Por eso debemos ser categóricas: el silencio de las mujeres nunca significó ausencia de violencia; muchas veces significó ausencia de condiciones para poder contarla.

A más de medio siglo del golpe de Estado, todavía tenemos una deuda con esas mujeres. Una deuda de verdad, porque necesitamos conocer lo ocurrido; de justicia, porque estos crímenes deben ser investigados y sancionados; de reparación, porque las sobrevivientes tienen derecho al reconocimiento; y de memoria, porque las nuevas generaciones deben saber que la violencia sexual también formó parte del repertorio represivo de la dictadura.

Y reparar exige algo más: devolver la vergüenza al lugar donde siempre debió estar. La vergüenza nunca correspondió a las sobrevivientes. La responsabilidad pertenece a quienes utilizaron el cuerpo y la sexualidad de las mujeres para torturarlas y castigarlas.

Recordar a estas mujeres implica también no reducirlas a la condición de víctimas. Fueron estudiantes, trabajadoras, pobladoras, profesionales, dirigentes, militantes y defensoras de derechos humanos. Participaron de la vida política, resistieron a la dictadura y muchas fueron fundamentales en la recuperación de la democracia.

Incorporar la violencia política sexual a nuestra memoria no significa agregar un “tema de mujeres” a la historia de Chile. Significa contarla completa. Porque sin las mujeres, la memoria está incompleta.

*Por Paula Salvo Del Canto, directora de Corporación Humanas

Columna publicada en el Diario Electrónico de Radio Universidad de Chile