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	<title>Pía Guerra &#8211; Humanas</title>
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	<description>Corporación Humanas Centro regional de Derechos Humanos y Justicia de Género</description>
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	<title>Pía Guerra &#8211; Humanas</title>
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		<title>Aliados de una causa: ¿Cómo serlo realmente</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Fabiola Gutierrez]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 11 Jun 2021 21:42:55 +0000</pubDate>
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<p class="font-sans" style="text-align: justify;">En mayo de este año la comunidad virtual denominada The Female Activists, que busca generar consciencia respecto a la discriminación que viven las poblaciones ‘minoritarias’, las disidencias y las mujeres, compartió en sus redes una publicación que tituló: “Beginner’s Guide to Allyship” (Guía para principiantes sobre cómo ser un aliado).<b> En ella precisaron que para ser aliados del feminismo, o de cualquier causa, lo más relevante es estar comprometidos, de manera permanente y a través de acciones cotidianas, con la lucha en contra de la opresión. ¿Pero de qué manera se refleja ese compromiso? </b>“En la voluntad de educarse sobre diferentes identidades y experiencias; desafiando la propia incomodidad y prejuicios; y aprendiendo y poniendo en práctica –de manera constante– las habilidades que te hacen ser un aliado, tomando medidas concretas para generar un cambio interpersonal, social e institucional”, escribieron. “No significa que no van a haber errores. <b>Ser aliado es un proceso continuo e implica preguntarle a las mujeres qué se puede hacer para ampliar y continuar ese trabajo planteado por ellas más que hablar por encima de tal</b>”.</p>
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<p class="paragraph ">Y es que mucho se ha hablado sobre ser aliados, incluso respecto a la terminología en sí, que en muchos casos permite que los implicados terminen siendo, valga la redundancia, solamente aliados, sin estar realmente comprometidos. <b>Pero, ¿qué significa serlo, independiente de que crear una guía absoluta puede ser ilusorio?</b></p>
<p class="paragraph " style="text-align: justify;">La socióloga de Corporación Humanas, Pía Guerra, explica que <b>para ser aliados hay que asumir un compromiso con la lucha en contra del sistema de dominación actual y la desigualdad que genera, pero sobre todo sin la pretensión de recibir un aplauso o reconocimiento de vuelta. </b>“Ahí es donde muchos hombres bordean la arrogancia y la soberbia; en querer que se les reconozca la lucha por la igualdad cuando en el fondo han sido artífices y parte del problema”, reflexiona. <b>“Para ser un real aliado, hay que agachar el moño, hacerse a un lado y escuchar a las mujeres y a las disidencias. Pero eso sigue siendo, en muchos casos, un golpe al ego; siguen habiendo hombres que se sienten minimizados y amedrentados cuando una mujer tiene un puesto más alto, mejores oportunidades o mejor salario. Es una inseguridad que tiene que ver con mantener el </b><i><b>statu quo</b></i><b>”.</b></p>
<p class="paragraph " style="text-align: justify;">En ese sentido, ser un aliado tiene que ver con costumbres y prácticas cotidianas. Porque en el fondo, si bien el primer paso tiene que ver con la introspección, el cuestionamiento, la evaluación y la concientización respecto a la postura de privilegio –”entrar en una metanoia en la que todo está en suspensión” como plantea la especialista–, el segundo paso es materializar todo ese cuestionamiento en actos.<b> “No es hacer propia la causa, ni tampoco que se vanaglorien demasiado, porque eso tiene que ver con ansias por establecerse como relevantes. Es, en concreto, romper el pacto de silencio en los grupos de amigos; dejar de proteger a los que tiran tallas sexistas; dejar de encubrir denostaciones y discriminaciones; o, por ejemplo, si uno ve que un compañero está incurriendo en una práctica machista, evidenciarlo y no guardar silencio”</b>, explica. Porque la inacción también legitima.</p>
<p class="paragraph " style="text-align: justify;">A esto se le suma que lo recomendable sería empezar a informarse, no solamente por redes sociales, y conversar con los pares. “Como género históricamente dominante hay que darse cuenta que ellos también pueden ser parte de labores que han sido feminizados y pueden tener una participación activa e igualitaria. No hay que naturalizar que porque fueron criados de una manera, eso esté bien. Ellos pueden lavar, ordenar, secar, cocinar. No tienen la urgencia de hacerlo en sus cabezas, pero eso no significa que no puedan tenerla. <b>No es cambiar la esencia, es cambiar la actitud”</b>.</p>
<div class="offer-content" style="text-align: justify;">
<section class="titles p-all-10">Es ese cambio de actitud el que finalmente permite que se genere una transformación interna profunda. Todo lo demás, es quedarse en un espacio cómodo, en el que se cambia pero de manera adaptativa, y no a modo de quiebre con las estructuras imperantes. Porque como explica Miguel Lorente, médico forense español y especialista en violencia de género, el <b>decir que se es aliado ha permitido también que los hombres sean cómplices o acompañantes, pero sin ser parte</b>. “El feminismo no pretende alcanzar objetivos, sino que transformar la realidad, entonces junto a eso el hombre también tiene que transformarse. No se busca únicamente paridad en las empresas o que se acabe la violencia de género, se busca crear una cultura que tenga como referencia la igualdad en lugar de tener una cultura androcéntrica como la actual”, explica. <b>“Bajo la noción de la alianza, es fácil quedarse en una zona cómoda y formar parte de un discurso políticamente correcto y de una presencia pública adecuada, pero sin cuestionar la masculinidad y lo que da lugar a eso”.</b></section>
<section></section>
<section class="titles p-all-10">La referencia, como explica el especialista, surge del propio feminismo como una posición para mantener al hombre a cierta distancia por miedo a que lleguen y ocupen el lugar protagónico, y eso se entiende y es positivo. “Es sumamente prudente que los hombres estemos apartados, pero lo problemático es cuando eso da paso a que muchos adquieran una postura de confort y de comodidad, de acompañar pero sin cambiar. Permite, en algunos casos y cuando no se está comprometido, una especie de escenificación de lo que es el acompañamiento. Cuando lo que realmente hay que saber es que si no haces nada para acabar con la realidad que existe, estás contribuyendo a que se mantenga”.</section>
<section></section>
<section class="titles p-all-10">El rol de los hombres, como dice Lorente, no es inventar nada. “Lo ha inventado el feminismo y los hombres no tenemos que buscar nuevos escenarios ni reflexiones. Tenemos que integrar las del movimiento feminista a nuestras circunstancias y llevar a cabo un proceso transformador”.</section>
<section></section>
<section class="titles p-all-10">Y nunca es tarde para hacerlo. Como precisa Guerra, si se quiere ser un aliado realmente, quizás hay que percatarse que no estamos en un momento histórico social para seguir reproduciendo los sistemas de dominación. Y eso tiene que nacer de manera voluntaria, porque si es impuesto se puede generar resistencia. <b>“Si los hombres no se hacen conscientes de que su privilegio de género contiene muchas prácticas que van en contra de la libertad y autorrealización de las mujeres, aunque se lo digan, lo único que van a ver como feminismo es querer meterse en nuestras marchas o acompañar a la polola para protegerla. Y ser aliados realmente, más que con el discurso o la declaración, tiene que ver con actos”.</b></section>
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<p><a href="https://www.latercera.com/paula/aliados-de-una-causa-como-serlo-realmente/">Publicado en Revista Paula </a></p>
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		<title>Pequeñas ofensas y género: ¿Por qué es importante señalarlas y no seguir aguantando?</title>
		<link>https://www.humanas.cl/pequenas-ofensas-y-genero-por-que-es-importante-senalarlas-y-no-seguir-aguantando/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Fabiola Gutierrez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 18 May 2021 14:16:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Violencia]]></category>
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<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">En una entrevista publicada en el medio español <i>El País</i> en junio del año pasado, la autora estadounidense y Premio Princesa de Asturias de las Letras (2019), Siri Hustvedt, explica que para cada movimiento social que se consolida y agarra mayor fuerza en un momento determinado de la historia –en este caso en particular, el feminismo– siempre existe una contra respuesta o un movimiento contrario que se resiste a los cambios. Es, como dice ella, lo que se vio en España con la subida del partido de ultraderecha, Vox, y lo que se vio en Estados Unidos con el triunfo de Trump, un presidente que representa al sector reaccionario del país que estaba y sigue estando indignado con los avances logrados por la mujer. Por eso, como desarrolla en la entrevista, se vuelve tan importante señalar y no dejar pasar los actos propios de esa resistencia, dentro de los que hay comentarios ofensivos, denigrantes, que pasan por chistes o burlas ‘ligeras e inofensivas’ y otros micromachismos a ratos difíciles de detectar. Ejemplo de esto, decirle a una mujer ‘no te metas, estos no son temas de mujeres’, ‘no entiendes de lo que estamos hablando’ o ‘la cocina está por allá’. <b>“Hay una tendencia a pensar que no importa, que es un imbécil y que es mejor dejar pasar sin decir nada. Pero esas múltiples pequeñas ofensas se van sumando, y crean un daño profundo”, plantea en la entrevista.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Y es que efectivamente, al igual que el humor sexista –definido por Amnistía Internacional como una forma de violencia de género sutil y poco explícita, pero igualmente peligrosa– <b>los comentarios denigrantes y las pequeñas ofensas son de las formas menos evidentes de misoginia y violencia de género, y dejarlas pasar solo sirve para reforzar y reproducir la violencia hacia la mujer</b> y los cuerpos feminizados a través de una trivialización (así lo logra el humor) del problema. Porque sí, parecen ser comentarios inocuos, pero son igualmente un dispositivo de control y el daño que generan –cuando son reiterados y constantes– es enorme.</p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Como explica la socióloga de Corporación Humanas, Pía Guerra, hay que partir de la premisa que el lenguaje crea realidades y que, por ende, no se trata únicamente de dichos, comentarios o bromas, sino que de cómo a través del lenguaje objetivamos la realidad. <b>“Con las pequeñas ofensas lo que se hace es invalidar y denigrar a la mujer y a su vez legitimar y perpetuar una estructura de dominación. Y esto se logra tanto a través de la acción como de la inacción. </b>Por eso es tan importante reaccionar frente a estos comentarios”, explica. “Que la comunidad que está presente en ese momento no se haga responsable de ese problema –que, como todo problema, no es individual sino que social y público– implica que se legitime aun más la posición de poder del hombre blanco. Es decir, la inacción frente a estas situaciones es una forma de legitimar la estructura de poder”.</p>
<div class="offer-content" style="text-align: justify;">
<section class="titles p-all-10">Y es que, cuando los hombres incurren en este tipo de prácticas nocivas, del estilo de comentarios misóginos o de denostación, no es para llamar la atención de la mujer, contrario a lo que se podría creer. Tiene que ver, como explica la especialista, con un deseo de dominación. <b>“No están buscando que la mujer ceda, responda o dé consentimiento para algo más, sino que constatar su posición de privilegio”.</b> Y ese poder alcanza la máxima expresión cuando el oprimido legitima al opresor. “Eso no pasa únicamente por constatar objetivamente en el lenguaje, de forma explícita, que esto está bien o mal, sino que también callando”.</section>
<section></section>
<section class="titles p-all-10">Es también importante no dejar pasar estos comentarios, como explica la socióloga de Corporación Humanas, porque son aquellos pequeños comentarios y ofensas, los que van debilitando la autoestima y terminan siendo un tipo de violencia simbólica y una manera de disciplinamiento que opera a nivel cognitivo. <b>“Desde el feminismo tenemos una lógica que toda acción realizada por nosotras va más allá de lo individual, tiene que ver con que no le vuelva a pasar a otras. Por eso, también, es tan importante reaccionar”</b>, explica. “Por otro lado, también es importante reaccionar porque los hombres no son conscientes del privilegio que tienen respecto a las mujeres. No saben que esa autoestima grandiosa que tienen, de poder hablar en cualquier lado y de cualquier cosa, incluso cuando no saben, que eso de monopolizar la palabra, de ocupar el espacio de otra manera, todo eso se construye desde una desvalorización artificial de lo femenino. Por lo tanto, toda esa reacción que se pueda dar en las experiencias cotidianas –la mayoría de estas agresiones se dan en espacios públicos, como el laboral– permiten que los hombres se hagan más conscientes de ese privilegio y empiecen a cuestionarlo, para así deconstruir este tipo de trato que menoscaba la dignidad de las mujeres”.</section>
</div>
<section></section>
<section><a href="https://www.latercera.com/paula/pequenas-ofensas-y-genero-por-que-es-importante-senalarlas-y-no-seguir-aguantando/">Nota publicada en Revista Paula </a></section>
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		<title>Castigadas por abortar: las cifras de la persecución judicial a las mujeres en Chile</title>
		<link>https://www.humanas.cl/castigadas-por-abortar-las-cifras-de-la-persecucion-judicial-a-las-mujeres-en-chile/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Fabiola Gutierrez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 11 May 2021 14:21:07 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Por Pía Guerra, socióloga de Corporación Humanas Como sociedad nos encontramos en un estado de profunda expectación respecto de lo que ocurrirá en las próximas elecciones a constituyentes, ya que representa la concreción de una especie de quimera – o para algunos, una entelequia – que parecía imposible de alcanzar tras tantos años en los [&#8230;]]]></description>
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<p><strong>Por Pía Guerra, socióloga de Corporación Human</strong>as</p>
<p style="text-align: justify;">Como sociedad nos encontramos en un estado de profunda expectación respecto de lo que ocurrirá en las próximas elecciones a constituyentes, ya que representa la concreción de una especie de quimera – o para algunos, una entelequia – que parecía imposible de alcanzar tras tantos años en los que los gobiernos democráticos del país, que sucedieron a la dictadura, no fueron capaces de llevar a cabo. Lo que representa esta oportunidad no es un simple trámite, sino que significa una apertura histórica de participación ciudadana, un gesto de reparación frente a lo sufrido en dictadura, una oportunidad de poder decidir y patentar lo que esta sociedad en particular quiere y necesita con urgencia. Es aquí donde nosotras, las mujeres, tenemos puesta nuestra atención, en donde estamos depositando nuevamente la confianza de ser escuchadas, reconocidas y respetadas.</p>
<p style="text-align: justify;">Aquí es donde me quiero detener. Son muchos los problemas que las mujeres vivimos, tanto en la región como en Chile. Sin embargo, en el fenómeno que me detendré será en uno que pareciera no levantar tanta crítica o encender alarmas, como la brutal cantidad de femicidios que a diario se comunican en la televisión y otros medios nacionales. Este fenómeno es el de la criminalización y persecución penal del aborto en Chile.</p>
<p style="text-align: justify;">Desde la promulgación de la ley de aborto en tres causales en 2017, sólo la población femenina junto a organizaciones feministas, han continuado la lucha <strong>por lograr una ley de interrupción voluntaria del embarazo sin restricciones, sin limitantes ni tampoco con procesos validados desde el Estado, como lo es la objeción de conciencia</strong>. Sin duda la ley existente es un avance, pero no es suficiente, tampoco fue oportuno. Hablar de aborto, en mi opinión, implica hablar no solamente de reconocer a las mujeres como sujetas de derechos que deben tener el poder de decidir sobre sus propios cuerpos y su vida, de la posibilidad de ejercer la maternidad con libertad – decidir si ser madre o no – tal como los hombres hoy y siempre han podido decidir, en cualquier instante de su paternidad, si continuarla o no, o como frasea el dicho si “ir a comprar cigarros a la esquina” o no. Hablar de aborto, implica también hablar de temas complejos y poco mencionados o tratados, como, por ejemplo, hablar de salud pública, de políticas públicas y también de cómo la estructura del Estado y sus instituciones han sido incapaces de actualizarse y flexibilizarse frente a estos procesos de complejización del tejido social.</p>
<blockquote><p><strong>Las cifras dadas a conocer por el Ministerio público respecto de la criminalización del aborto en Chile muestran una prevalencia que debería llamar la atención de todos. Así, por ejemplo entre 2010 y 2020 se registran 1.865 personas imputadas, es decir, un promedio de 170 al año; y 146 personas condenadas, 84 mujeres y 62 hombres.</strong></p></blockquote>
<p style="text-align: justify;">Si aun existiendo una ley que regula en qué casos las mujeres podemos acceder a la interrupción voluntaria del embarazo, ¿por qué las cifras por criminalización se mantienen estables? ¿a qué se debe que se continúe procesando a mujeres – más que a hombres, lógicamente – por abortos clandestinos? ¿será que la ley actual no es suficiente o, una vez más, serán los individuos los responsables de esto y no el Estado?</p>
<p style="text-align: justify;">Que exista en las cifras una prevalencia en los casos de criminalización por aborto, no significa que los individuos o, específicamente, las mujeres no sepan respetar la ley o sean irresponsables en cuanto al ejercicio de su salud sexual y reproductiva. <strong>Lo que subyace a los números es algo mucho más que lo que se ve a simple vista, porque pone de manifiesto, una vez más, la incapacidad del Estado de tratar las problemáticas sociales como algo público y no privado, además de su inoportuna, ineficaz e ineficiente respuesta en cuanto a las urgencias de la ciudadanía. Explicita la poca voluntad de cambio y actualización de sus estructuras e instituciones para con la sociedad que alberga, sobre todo con las mujeres. </strong></p>
<p style="text-align: justify;">El patriarcado es amigo del capitalismo y el neoliberalismo, reproduce el stablishment del cual se ha valido por décadas el Estado chileno para reproducir pautas sociales y culturales que sólo nos limitan a nosotras las mujeres. Hoy podemos hacer que esta nueva constitución sea feminista, no sólo en cuanto al reconocimiento que nos deben, sino también en la garantía de que nuestros derechos sean cumplidos.</p>
<p><a href="https://laotradiaria.cl/2021/05/07/castigadas-por-abortar-las-cifras-de-la-persecucion-judicial-a-las-mujeres-en-chile/">Publicada en La Otra Diaria </a></p>
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		<title>‘Gaslighting’ en salud mental: cuando nos tratan de locas, histéricas o paranoicas</title>
		<link>https://www.humanas.cl/gaslighting-en-salud-mental-cuando-nos-tratan-de-locas-histericas-o-paranoicas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Fabiola Gutierrez]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 13 Apr 2021 15:26:39 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[destacados]]></category>
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		<category><![CDATA[Violencia de género]]></category>
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					<description><![CDATA[Hace unas semanas la psicóloga y autora de Querida Violeta (2021), Nerea de Ugarte, compartió en sus redes sociales –resguardando la confidencialidad requerida– el testimonio de una de sus pacientas. La historia es la siguiente: había vivido una relación de violencia física, sexual, económica y psicológica durante un año y medio. Al terminar, según le [&#8230;]]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<p class="paragraph  " style="text-align: justify;"><img decoding="async" class=" wp-image-20454 alignleft" src="http://www.humanas.cl/wp-content/uploads/2021/04/4MJBVVHIGNDGFJZM334V54ACQI-300x200.jpg" alt="" width="272" height="181" srcset="https://www.humanas.cl/wp-content/uploads/2021/04/4MJBVVHIGNDGFJZM334V54ACQI-300x200.jpg 300w, https://www.humanas.cl/wp-content/uploads/2021/04/4MJBVVHIGNDGFJZM334V54ACQI.jpg 375w" sizes="(max-width: 272px) 100vw, 272px" />Hace unas semanas la psicóloga y autora de <i>Querida Violeta </i>(2021), Nerea de Ugarte, compartió en sus redes sociales –resguardando la confidencialidad requerida– el testimonio de una de sus pacientas. La historia es la siguiente: había vivido una relación de violencia física, sexual, económica y psicológica durante un año y medio. Al terminar, según le contaba a su terapeuta, todo le daba miedo y no podía caminar tranquila sin mirar hacia atrás. Frente a la pregunta de Nerea si él había vuelto a aparecer en ese tiempo, respondió que solía pararse afuera de su preuniversitario y que por lo mismo ella tuvo que dejar de ir. Además, le mandó un mensaje que decía ‘no sé qué te haría si te viera’. Ella empezó entonces a sufrir de ansiedad, angustia, crisis de pánico y autolesiones, hasta que finalmente fue internada en una clínica psiquiátrica por intento de suicidio. Su tratamiento farmacológico en ese entonces incluyó 75 miligramos de Venlafaxina, 5 miligramos de Rize dos veces al día, Quetiapina y Zolpidem, y en las indicaciones, sus psiquiatras tratantes especificaron: ‘Trabajar la paranoia’.</p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Es ese el punto en el que enfatizó la psicóloga feminista. No se trata de una experiencia en particular, como explica, porque ese relato podría haber sido de cualquiera. De muchas. Quizás, de todas. “Esto no es paranoia, es supervivencia. Toda la sintomatología es una consecuencia, no es el origen. El origen no es otro que crecer siendo mujer”, precisó en la publicación luego de exponer la historia. “Transmito rabia porque esto es lo que escucho en mi consulta cuatro veces al día; mujeres que perdieron las ganas de vivir porque otro se las quitó, y ese otro está viviendo tranquilamente”, siguió. “Vivir así, de internación en internación, de fármaco en fármaco, de terapia en terapia, de pensar cómo morir sin dolor cada día, no es vivir. Esto también es urgente. Dejó de ir al preuniversitario, por miedo”.</p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Y es que, como grafica claramente en su publicación, <b>el abuso de poder –que en tiempos de feminismo hemos aprendido a identificar y visibilizar– no se limita únicamente al ámbito privado. Hay ciertos terrenos, rubros y disciplinas que han reforzado estas asimetrías, reproduciendo y poniendo en práctica una violencia de género cada vez más sistemática. </b>Históricamente, la medicina y la salud mental han sido de esos rubros en los que se ha ejercido una lógica de violencia. Y es porque, como explica la socióloga de Corporación Humanas, Pía Guerra, la apertura de mujeres en esos campos es muy reciente. <b>Por eso, como señala, es importante ejercerla con perspectiva de género. Porque de lo contrario, se incurre en un ‘gaslighting’ –concepto de la psicología que se refiere a una forma de manipulación de la percepción de la realidad del otro, que se aplica mucho en situaciones de abuso entre parejas– institucional.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Como explica Lorena Astudillo, vocera de la Red Chilena Contra la Violencia hacia las Mujeres, mucho se ha hablado de la manipulación masculina de hacer sentir a las mujeres que están locas o que imaginan cosas, sin embargo es poco lo que se ha dicho respecto a cuánto ha contribuido la institucionalidad a esto. <b>“Desde la salud mental se tiende a patologizar síntomas y a plantear falsas creencias de que por el solo hecho de ser mujeres tenemos cierta sintomatología más acentuada. En vez de analizar el motivo de por qué reaccionamos así. </b>Se acusa de paranoica o histérica a una mujer sin considerar que cualquier persona que esté siendo amenazada y acosada tiene miedo y angustia”, explica. <b>“En ese sentido hay un desconocimiento, o más bien una negación, por parte de la institucionalidad a reconocer la violencia que vivimos las mujeres. Se nos culpa a nosotras y se nos enferma, responsabilizándonos de lo que nos pasa”.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Eso, en gran parte, tiene que ver con que a lo largo de la historia nuestros relatos han sido puestos a la deriva e invisibilizados. <b>La filósofa británica Miranda Fricker plantea en su libro </b><i><b>Epistemic Injustice: Power and Ethics of Knowing</b></i><b> (2007) que no todos tienen el mismo acceso al proceso de construcción del conocimiento. Se trata de una injusticia epistémica que se produce cuando se anula por completo la capacidad de un sujeto de transmitir sus propios conocimientos</b> y dar sentido a sus experiencias. Esto, a su vez, se logra mediante la injusticia testimonial –es decir, darle espacio y validar algunas historias y experiencias personales por sobre otras– y la injusticia hermenéutica, que implica que <b>algunas personas no cuenten con los recursos de interpretación necesarios para dar a entender sus propias experiencias.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Así, a lo largo de la historia, son solo algunos los que han contado con la plataforma y validación social para compartir sus testimonios. Una gran parte de la población –en particular las mujeres y los pueblos originarios– no han tenido esa misma oportunidad, y por lo mismo han sido invisibilizados y relegados a un único espacio. En ese sentido, <b>los relatos femeninos no han sido tomados en cuenta como sí lo han sido los relatos del hombre blanco. Y por eso, cuando una mujer habla, su palabra siempre es mayormente cuestionada.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Esa idea, como explica Pía Guerra, ha sido reforzada por ciertas disciplinas. <b>“Históricamente, la psicología clínica tradicional ha estado al servicio del Estado para reproducir sus prácticas.</b> De hecho, los Estados siempre se han valido de las herramientas que tiene la psicología para poder controlar las masas o para poder generar, como decía Naomi Klein, el <i>shock</i>. <b>Pero también para reproducir las pautas que al orden o al ‘establishment’ más le convienen, y así mantener el estatus quo”</b>, explica. “En este caso, diagnosticar que hay que trabajar la paranoia implica reforzar la idea de que la culpa y la responsabilidad es de ella, y no de la violencia estructural que sufrimos las mujeres. <b>Esto se da particularmente en sistemas neoliberales, en los que toda la responsabilidad de lo que ocurre dentro de ese mismo sistema tiene que ver con las acciones individuales del sujeto. Pero la violencia no es privada, es una problemática pública y social”.</b></p>
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<p>Como explica Nerea de Ugarte, cuando entendemos que la cancha está mal repartida y que las vivencias entre hombres y mujeres han sido desiguales, se vuelve fundamental pensar la salud desde ese lugar. <b>“No podemos descontextualizar o abducir a un ser humano de su contexto sociocultural, porque esa realidad en la que está inserto atraviesa sus experiencias, emociones, conductas y lo que le ocurre.</b> Cuando individualizamos la experiencia, se la privatiza y eso mantiene el estatus quo”, explica. “La gran problemática que tenemos respecto a los profesionales de la salud es que no toman en consideración esa desigualdad estructural y sistémica en la que vivimos las mujeres; no ven lo que significa ser mujer; y por lo tanto patologizan experiencias que no son patológicas”. De ahí que se nos trata de locas, histéricas o paranoicas.</p>
</div>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Hay mujeres, como explica la especialista, que dejan de circular, se cambian de domicilio o ciudad y dejan de lado sus vidas como la conocían porque no hay un sistema que las proteja. “Por lo tanto, tenemos que protegernos como sea y eso muchas veces significa dejar nuestra vida de lado con el fin de estar alertas y de sobrevivir. <b>No se puede entonces decir que hay que trabajar la paranoia, porque eso lleva a que las mujeres se sientan culpables y avergonzadas de las experiencias que viven. Hay que tomar en cuenta el contexto”, explica. “Por eso cuando hago clases, postulo esta pregunta; ‘si la construcción social de ser mujer conlleva una realidad completamente diferente de habitar la sociedad, ¿podemos obviar esas diferencias estructurales en la práctica clínica?’ Es imposible”.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Nerea explica que <b>dentro del ‘gaslighting’ institucional desde la salud mental entran prácticas como invisibilizar o justificar las experiencias de abuso o maltrato por el solo hecho de ser ejercidas dentro de una relación de pareja; cuestionar el trabajo de una mujer –si es bailarina erótica o trabaja en un café con piernas, por ejemplo, se pone en duda su relato; cuestionar lo que llevaba puesto cuando ocurrieron los hechos; recurrir a la cantidad de alcohol o drogas para razonar un acoso, abuso o violación; cuestionar o relativizar la orientación sexual; culpar o responsabilizar a las madres por los cuadros clínicos de sus hijos; o, por ejemplo, postular que una infidelidad puede tener que ver con el no cumplimiento del rol de esposa</b>. “Esto último lo he escuchado en muchas pacientes, o que les fueron infieles porque ellas se dejaron estar como mujeres”.</p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Y la principal consecuencia de una salud mental sin perspectiva de género, que no internaliza la desigualdad existente y que no considera la arista interseccional, es que la mujer sienta vergüenza de su propia historia. “Se vuelve una historia capturada por la privatización del dolor psíquico y también alejada de la posibilidad de hacerla colectiva. Esa es la consecuencia. Si se colectivizara, la industria de la salud mental se cae a pedazos”, señala Nerea. “Porque <b>es precisamente la vergüenza la que mantiene la salud mental en lo privado. El no poder socializarla y que esa misma vergüenza sea obviada desde el terapeuta, lleva a que se siga perpetuando. Pero cuando le muestras a esa pacienta que lo que ella vive le pasa a otras y no es su culpa sino que tiene que ver con la construcción sociocultural a la que pertenece como mujer, eso genera alivio, pertenencia y, en muchos casos, pasa a ser una causa social”.</b></p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Porque aunque nos quieran hacer creer que se trata de algo particular, lo que le pasa a esa pacienta no es un caso aislado. Y lo que hay es una falta de protección hacia la mujer que denuncia, que busca ayuda y que finalmente tiene que encontrar la manera de sobrevivir. “Se naturaliza que solo es válido sentirse mal cuando estás dentro de una relación violenta. Si te sales, te tienes que olvidar y no puedes tener secuelas de ese hecho tan traumático”, explica Pía Guerra.</p>
<p class="paragraph  " style="text-align: justify;">Es la misma negación que ocurre con los suicidios femicidas; estas son mujeres que se suicidan para escapar del acoso y la violencia permanente que ejercen sus parejas, o de la impunidad frente a la violencia vivida. Y como explica Lorena Astudillo, esos suicidios se los termina asociando a una depresión. “No es depresión, esa mujer estaba viviendo una violencia y no contó con protección. Lo que hay ahí es una violencia ejercida por el agresor pero también por las instituciones”.</p>
<p><a href="https://www.latercera.com/paula/gaslighting-en-salud-mental-cuando-nos-tratan-de-locas-histericas-o-paranoicas/">Publicación en Revista Paula </a></p>
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		<title>Desacreditar a una mujer en lo profesional por su físico: “Si nos preocupamos por nuestra apariencia somos superficiales, pero si no lo hacemos, somos percibidas como poco femeninas”</title>
		<link>https://www.humanas.cl/desacreditar-a-una-mujer-en-lo-profesional-por-su-fisico-si-nos-preocupamos-por-nuestra-apariencia-somos-superficiales-pero-si-no-lo-hacemos-somos-percibidas-como-poco-femeninas/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[Fabiola Gutierrez]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 18 Mar 2021 15:20:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[destacados]]></category>
		<category><![CDATA[Violencia]]></category>
		<category><![CDATA[corporación humanas]]></category>
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		<category><![CDATA[estereotipos de género]]></category>
		<category><![CDATA[Pía Guerra]]></category>
		<category><![CDATA[sexismo]]></category>
		<category><![CDATA[violencia]]></category>
		<category><![CDATA[violencia simbólica]]></category>
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					<description><![CDATA[  A finales del año pasado la científica de Tucumán, Carmina Pérez Bertolli, fue reconocida por la Asociación Física Argentina por haber realizado la mejor tesis de grado –en esa materia– de todo el país. Con apenas 27 años, había sido la ganadora del premio denominado Luis Másperi, pero los comentarios en Twitter parecían apuntar [&#8230;]]]></description>
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<div class="social"><small></small><b>A finales del año pasado la científica de Tucumán, Carmina Pérez Bertolli, fue reconocida por la Asociación Física Argentina</b> <b>por haber realizado la mejor tesis de grado –en esa materia– de todo el país.</b> Con apenas 27 años, había sido la ganadora del premio denominado Luis Másperi, pero los comentarios en Twitter parecían apuntar a otra cosa. Y es que, <b>cuando se dio a conocer la noticia, no faltaron los comentarios objetivizantes en detrimento de su logro profesional,</b> como si su éxito se debiera únicamente al hecho de calzar con los cánones de belleza hegemónica.</div>
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<div class="social">A lo que ella respondió en el medio <i>Página 12</i>: “Si yo hubiera sido un pibe, no hubiera recibido todo este tipo de comentarios. Me parece que no alcanza con que tengamos los puestos, los títulos ni las distinciones. A ninguna mujer se le debe faltar el respeto bajo ninguna circunstancia y nuestra imagen no es algo que los hombres tengan que evaluar. <b>No somos el objeto de evaluación de nadie. </b>Exigimos que se nos respete, hagamos lo que hagamos y tengamos la imagen que tengamos”.</div>
<div></div>
<div class="social">Y es que efectivamente, a la lista de exigencias y expectativas sociales atribuidas de manera impuesta a la mujer, ciertamente está –como bien dice Carmina– nuestra apariencia física. Y en esto existe una doble discriminación: <b>Si bien calzar con los cánones impuestos de belleza puede abrir muchas puertas y facilitar la vida en varios aspectos, en el caso de las mujeres, como explica la doctora en psicología e investigadora Carolina Aspillaga, también existe una escisión</b>. “Cuando hablamos de belleza hay que entender que los estándares son culturales e históricos, y que en nuestra cultura la belleza hegemónica está asociada al éxito, pero en el caso de las mujeres, pareciera que ser bonita es antónimo de ser inteligente. Como si ambas no pudiesen coexistir. <b>Ésta es una discriminación más que vivimos”, explica. “Y tiene que ver con los estándares que nos ponen y la imposibilidad de lograrlos”.</b></div>
<div></div>
<div class="social">Porque en definitiva, como explica la especialista, la discriminación es igual en cualquier caso; si nos preocupamos por la belleza física, somos consideradas superficiales. Pero a su vez, si no nos preocupamos de nuestra apariencia, somos percibidas como descuidadas o poco femeninas.</div>
<div></div>
<div class="social"><b>A esto se le suma que la mujer que triunfa profesionalmente siempre va ser cuestionada, porque ese no ha sido el lugar que históricamente nos ha pertenecido o correspondido, y por ende nuestro éxito suscita sospecha. </b>“Por eso está la idea de que algo tuvo que hacer esa mujer para estar ahí, ya sea tener contactos o pasar por encima de otras personas. <b>Siempre, independiente de nuestro aspecto físico, se va tratar de justificar nuestro triunfo con otra cosa; somos exitosas pero porque nos casamos con tal, o porque fuimos malas madres o malas esposas. Y en el caso de las mujeres hegemónicamente bellas, porque se acostaron con alguien o simplemente porque están ahí de adorno</b>”, explica Aspillaga. “Y si bien la vida es más fácil siendo hegemónicamente bella, también es desgastante tener que demostrar constantemente que eso no determina tu intelecto”.</div>
<div></div>
<div class="social">Como explica la socióloga de Corporación Humanas, Pía Guerra, en una país tan tradicionalista como Chile, sigue reinando la idea de que la mujer no es capaz ni apta para desarrollar cierto tipo de actividad intelectual. “<b>A esta segregación hay que sumarle la división sexual del trabajo, que establece que la mujer está relegada a los trabajos domésticos y de cuidado y el hombre al espacio público</b>, y a poder desplegarse, desarrollarse y auto realizarse libremente. Al final, es una discriminación que se ve reforzada por el mismo marketing y la publicidad, y de ahí surgen expresiones como ‘es más que una cara bonita’, como si fuera imposible que las mujeres sean ambas cosas. Pensemos en Marilyn Monroe en los años 50; nadie hablaba de su inteligencia y nadie se cuestionaba qué opinaba o qué quería decir. Estaba en la categoría de bonita y listo. Y lamentablemente, eso sigue pasando”, explica.</div>
<div></div>
<div class="social"><b>Según datos del Ministerio de la Mujer, en el 2018, del total de matrículas en rubros relacionados a las matemáticas y la ingeniera, solo el 25% correspondían a mujeres.</b> A su vez, en el 2010 la doctora en psicología y académica de la Universidad Diego Portales, Francisca del Río, se percató de que en las pruebas estandarizadas que se aplicaban en el país, <b>a los niños les iba notoriamente mejor que a las niñas en matemáticas</b>. Se preguntó a qué se debía esta brecha y junto a las investigadoras Katherine Strasser y María Inés Susperreguy, de la Universidad Católica, empezaron un estudio cuya primera etapa consistió en preguntarle directamente a los niños y niñas cómo percibían ellos sus habilidades en las matemáticas y a qué género asociaban las distintas asignaturas. Se develó que la mayoría vinculó las matemáticas con el género masculino y las letras con el género femenino, y que <b>en esa vinculación jugaba un rol fundamental el autoconcepto y la autopercepción; en creerse buenos y buenas estaba la clave, y eso a su vez estaba explicado por el autoconcepto que tenían de sí mismos sus padres.</b></div>
<div></div>
<div class="social">“Es cosa de ver que en los colegios técnicos que tienen oficios como secretariado, contabilidad y párvulo, solo hay mujeres. En cambio en colegios técnicos que tienen oficios como mecánica y eléctrica, la población es masculina. Eso provoca, en parte, lo que le pasó a Carmina. Fue galardonada por sus tesis, pero inmediatamente cuestionada y catalogada. <b>Como si fuera increíble que una mujer, que además calza con el canon de belleza impuesto, pudiera ser inteligente. Como si lo físico validara o no el logro</b>”, postula Guerra.</div>
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<div class="social">El problema, como explica la especialista, es que son muchas las empresas que perpetúan esta lógica y que creen que para ciertas labores solo sirven mujeres de cierta apariencia física. “<b>Este tipo de filtros, que se siguen realizando, son fatales y contraproducentes, porque generan un ambiente de competencia. </b>Inevitablemente la sociedad a nosotras nos enemista y nos moldea en una lógica competitiva entre nosotras”. La trampa, según explica Aspillaga, es que hagamos lo que hagamos, nunca pareciera ser que somos suficientes. “El problema es que vamos interiorizando estos estereotipos y pensamos que no pueden cohabitar en nosotras más de una característica. Pero eso no es así, y no tenemos porqué hacer una elección. <b>Nos podemos vestir o actuar de la manera que queramos y eso no determina otros aspectos”.</b></div>
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<div class="social">A eso Guerra le agrega que las mujeres no tenemos porqué responder a todo lo que se nos exige; “<b>Además de ser inteligentes, buenas madres, buenas hijas, buenas parejas, buenas trabajadoras y estudiantes, tenemos que ser lindas, o hegemónicamente lindas, y cumplir con un canon de belleza occidental europeo</b>, que no se condice con la realidad latinoamericana. <b>Como sociedad entonces nuestra tarea es trabajar en que esto deje de ser un factor de importancia</b>”.</div>
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<p>&nbsp;</p>
<p><a href="https://www.latercera.com/paula/desacreditar-a-una-mujer-en-lo-profesional-por-su-fisico-si-nos-preocupamos-por-nuestra-apariencia-somos-superficiales-pero-si-no-lo-hacemos-somos-percibidas-como-poco-femeninas/">Publicado en Revista Paula </a></p>
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