A fines del año pasado, la periodista y columnista británica Caitlin Moran inició un debate en redes sociales luego de preguntar por Twitter a sus seguidores cuáles eran las dificultades de ser hombre: “Siempre hablamos de cuáles son las desventajas de ser mujer, pero ¿qué está pasando con ustedes, muchachos?”. Las respuestas fueron miles y de todo tipo, pero parecían girar en torno a un mismo eje: la dificultad que tienen muchos para hablar de lo que sienten y lo solitario y frustrante que puede ser vivir bajo los preceptos de una masculinidad inculcada.

“La masculinidad tóxica, que afecta desde la forma en que hablamos de nuestros sentimientos hasta ser considerados poco hombres por usar una bufanda”, fue una de las respuestas. “Dejé mi doctorado porque me generaba un estrés insostenible, pero cuando me juntaba con mis amigos de lo único que hablaba era del mundial de fútbol. Creo que me habrían apoyado si les contaba lo que estaba sintiendo, pero no lo pude hacer”, fue otra. Muchos agradecieron la oportunidad de reflexionar sobre la otra cara de la brecha de género. Y es que en tiempos de feminismo en los que se busca, justamente, desestabilizar el modelo patriarcal omnipresente, pareciera relevante cuestionar la idea de masculinidad gestada bajo el alero de una cultura excesivamente machista y heteronormativa. ¿Es posible que en esa normalización de conductas asociadas a la masculinidad esté parte de la traba que retrasa los cambios sociales y estructurales que necesitamos?

Si bien no existe una definición única de masculinidad tóxica, hay consenso en que se trata de un concepto de la psicología que alude a una serie de comportamientos y patrones nocivos asociados a ideas tradicionales de lo que implica ser hombre. En una guía para el trabajo terapéutico con niños y hombres publicado por la Asociación Norteamericana de Psicología en 2018, se explica que las normas rígidas impuestas por la masculinidad tradicional -como evitar demostrar rasgos considerados femeninos, enfocarse excesivamente en la competencia y el rendimiento, la inclinación por el riesgo, la aventura y la violencia, y el rechazo hacia cualquier apariencia de debilidad- impactan de manera negativa en la salud física y mental de la población masculina. “Esta masculinidad implica una serie de comportamientos que van desde reprimir las emociones hasta mantener una apariencia fuerte y usar la violencia como indicador de poder. En otras palabras, es lo que pasa cuando les enseñamos a los niños que tienen que asumir una actitud ruda, porque cualquier otra cosa los hace débiles”, explicó en el New York Times la periodista especializada en género Maya Salam. Y así, desde hablar de deportes y no mostrarse vulnerable, la masculinidad tóxica se define como un conjunto de comportamientos, ideas y construcciones que giran en torno a la regla implícita de que no eres un verdadero hombre si no cumples con sus mandatos.

Según el último estudio IMAGES sobre la percepción de masculinidades realizado en distintos países del mundo -dentro de los cuales se encuentra Chile-, casi un 90% de los hombres se declara a favor de la equidad de género. Sin embargo, este alto porcentaje de apoyo se reduce a un 40% hasta 70% cuando las preguntas se dirigen a políticas que contribuyen de manera concreta a mejorar los niveles de equidad, como el cuoteo de género en cargos ejecutivos, el ingreso a universidades o paridad en puestos de gobierno. ¿Por qué los hombres dicen estar a favor de la igualdad pero les resulta tan difícil aplicarla? La respuesta, según los expertos, está en el entorno en el que nos desenvolvemos, en el que la masculinidad tóxica es aún el paradigma hegemónico. Un entorno del que tanto hombres como mujeres han sido víctimas y responsables.

En una entrevista con el medio estadounidense Big Think, el teórico, educador y autor Michael Kaufman explicó que existe una paradoja en el sistema de masculinidad imperante en la que por un lado han sido los propios hombres los diseñadores del modelo actual pero, por otro, están siendo afectados al no poder cumplir con las expectativas que se generan de ellos mismos. “La forma en la que educamos a los niños para convertirse en hombres viene con una serie de expectativas que ninguno de nosotros puede cumplir. Se espera que seamos fuertes, que estemos en control, que ganemos plata para ser los proveedores, que tengamos cuerpos tonificados, que no mostremos nuestros sentimientos, que no tengamos sentimientos. Castigamos a niños y hombres por no estar a la altura de estos estándares y estereotipos de hombría y al mismo tiempo asumimos que eso es lo que un hombre debe ser”.

Por otra parte, Teresa Valdés, socióloga, feminista y coordinadora del Observatorio de Género y Equidad, explica que también existen conductas dañinas muy arraigadas en las mujeres que contribuyen a perpetuar el modelo tóxico de masculinidad. “Hemos sido socializadas igual que los hombres en las conductas machistas. A nuestras madres, abuelas y bisabuelas les dijeron que la mejor manera de hacer las cosas era reproducir estas conductas. Es muy natural y esperable que algunas mantengan esas actitudes porque se les presentaron como el orden deseado”, explica. Para la socióloga, mientras no se hagan visibles los daños y efectos negativos que estos comportamientos tienen, muchas mujeres van a seguir repitiendo esos patrones. “Los cambios deben venir desde la sociedad, desde los medios de comunicación, desde las nuevas generaciones. Pero también desde las crisis personales”.

La psicóloga especialista en temas vinculados al bienestar y calidad de vida de la mujer Carolina Mutschler, ha podido corroborar en su experiencia clínica que en muchas mujeres existe una ambivalencia respecto a lo que buscan en sus parejas y lo que esperan de los hombres en general. “Tendemos a aferrarnos a lo que conocemos y eso hace que, de forma más o menos consciente, busquemos que el hombre siga cumpliendo un rol de protector y proveedor. De otra forma te pones en la situación de tener que hacer eso por ti misma, y ahí entra en juego el cómo nos han formado: con inseguridades, baja autoestima, mucha presión externa y poco empoderamiento. Hay miedo, y eso hace que, por una parte, queramos soltar estos patrones de masculinidad pero, por otro, nos aferramos a ellos porque es lo que conocemos”, explica.

Sexualidad contaminada

Son las seis de la tarde y en la ciudad portuaria de Valparaíso llueve con fuerza. Cerca de 40 personas -mayoritariamente hombres- se reúnen en una sala de un centro de eventos para asistir a una presentación sobre sexualidad masculina y mandatos patriarcales organizada por la Oficina de Diversidad Sexual del municipio de esa misma ciudad. Durante la presentación, Pedro Uribe, psicólogo y creador de la agrupación chilena Ilusión Viril -dedicada a educar e informar a la comunidad acerca de temas vinculados a la masculinidad y equidad de género-, explica uno a uno los denominados mandatos patriarcales. Se trata de distintas premisas que definen cómo debe actuar un hombre y que dan forma a una cosmovisión que gobierna la mayoría de las relaciones interpersonales en la actualidad, y cuyos efectos negativos han dado paso a toda una cultura machista.

Uribe plantea que si bien cada vez existen mayores incentivos e instancias para replantearse esta cultura imperante, la concepción paternalista sigue estando vigente. Y ha calado tan hondo, que el discurso puede ir en la dirección correcta, pero en temas como el deseo, que son mucho más difíciles de modelar, se obedece a patrones inconscientes que perpetúan el modelo. “Hay algo del deseo sexual femenino, por ejemplo, que está puesto en el hombre protector y seguro. Y lo personal es político: si sigo deseando en el ámbito privado una figura patriarcal, esto se replica en la esfera social”, aclara. Para Uribe, una de las aristas de la masculinidad tóxica es la exacerbada importancia que se le da a la virilidad. Existe una preocupación constante por ser capaces de satisfacer al otro desde una perspectiva sexual. En muchos casos la seguridad personal del individuo está puesta en eso, lo que los lleva a consumir medicamentos con la expectativa de que estos potencien su desempeño. Uno de los problemas que genera esto es que, al existir una autoexigencia de rendimiento sumada a la idea de que tienen que ser infalibles, las consultas por disfunciones sexuales se retrasen. Uribe plantea que los hombres se demoran en promedio entre dos y tres años en acudir a especialistas por este tipo de problemas, y muchas veces lo hacen solo a pedido de sus parejas.

Vivir sin autocuidado

Según la última Encuesta Nacional de Salud, se cree que en nuestro país un 10% de la población masculina padece de depresión, pero solo un 2,1% ha sido efectivamente diagnosticado con esta patología. Como explicó la columnista Arwa Mahdawi en un artículo en The Guardian: en Estados Unidos los hombres tienen más probabilidades que las mujeres (3,5 veces más) de suicidarse. Un fenómeno que muchos expertos atribuyen, en parte, al hecho de que a los hombres se les dice que no deben expresar sus emociones o admitirse vulnerables, y por lo tanto son menos propensos a buscar ayuda profesional. En Chile, las cifras del Instituto Médico Legal son consistentes con esta tendencia: casi un 80% de los suicidios registrados entre los años 2011 y 2017 corresponden a hombres. Pedro Uribe cuenta que muchos de los miembros de Ilusión Viril en algún momento tuvieron una visión negativa de las terapias psicológicas y de la preocupación por la salud en general. “No se va al psicólogo porque eso es para mujeres, y los problemas los arregla uno. Y solo. Los hombres tampoco se preocupan de su salud física, suelen alimentarse mal y dejan de hacer ejercicio. Esto no pasa por la pretensión, sino que hay un problema de autocuidado básico. Y si no logro eso, ¿cómo voy a ser capaz de cuidar mis relaciones de pareja, a mis hijos o mi entorno?”, plantea.

Michael Kaufman explica que para muchos hombres hay un cuestionamiento interno respecto de si están cumpliendo con los estándares establecidos de lo masculino o no. “Lo que termina ocurriendo es que se quiebran, y no solo en un sentido metafórico: los hombres mueren más jóvenes que las mujeres porque no piden ayuda, no van al doctor ni recurren al apoyo emocional cuando lo necesitan. Son más propensos a desarrollar adicciones al alcohol y otras drogas. Todas estas cosas son resultado de una sociedad dominada por hombres”, comenta. Una sociedad que, en una época de mayor conciencia, está siendo cuestionada. “Es cierto que se han dado procesos de reflexión entre hombres en torno a la deconstrucción de las masculinidades, pero no todos estos procesos ponen en el centro de la discusión las relaciones de poder”, explica la abogada y directora de Corporación Humanas Lorena Fries. Para ella, este es justamente uno de los múltiples problemas que arrastra la masculinidad tóxica; que se compone de prácticas implícitas y explícitas tan arraigadas a nivel social, que no permite que se cuestionen siquiera las dinámicas de poder entre hombres y mujeres.

De acuerdo a un estudio internacional realizado por la consultora Ipsos y publicado a inicios de este año, en Chile un 32% de los hombres se considera feminista. Sin embargo, para Uribe en nuestro país se percibe como problemático que un hombre se identifique como tal. “Poner un hashtag y salir a marchar es la parte fácil, y se puede usar como una pantalla si después llegas a tu casa y tu mujer es la que se encarga de cuidar a los hijos”, explica. Y es que existe una cierta desconfianza respecto del apoyo real que los hombres le dan al movimiento, lo que podría explicar por qué solo un tercio de los chilenos se identifica así. “Actualmente es mucho más difícil que un hombre se reconozca machista o que diga que las mujeres tienen que estar en la cocina, pero sí existen nuevas manifestaciones de este paradigma, como criticar la ropa o la apariencia física de una mujer. Socialmente no es bien visto ser machista, entonces hay una especie de autocensura”, aclara.

El sociólogo Ricardo Pizarro (34) partió como uno de los asistentes a las reuniones de Ilusión Viril, organización de la que actualmente es parte como investigador. Hace cuatro años inició una terapia psicológica para abordar problemas relacionados con la masculinidad tóxica y los efectos que esta forma de entenderse a sí mismo le estaban generando en su vida. “Para mí la masculinidad estaba relacionada al autosacrificio y a la postergación, a esta idea de reventarse”. Como él, hay hombres que se están cuestionando lo que siempre han dado por hecho y replanteándose su rol en una sociedad que se mueve hacia la equidad y la reivindicación de la mujer. “Creo que es el momento de callarnos y observar. Para mí en este minuto el rol del hombre es dar un paso atrás y dejar que las mujeres vayan adelante. No somos nosotros quienes debemos dar las directrices de lo que se viene ahora. Lo que tenemos que hacer simplemente es apoyarlas”. Derribar la masculinidad tóxica es de los primeros pasos hacia una sociedad más igualitaria.

Publicado por Revista Paula