Hace 10 años preguntar sobre la influencia política de la comunidad gay en Chile era un acto de inocencia, pero hoy no. El conservadurismo ha retrocedido ante la avanzada de los grupos LGBTI, aunque más lento de lo que ellos quisieron. Su activismo ha entrado en el Congreso y La Moneda, pero quizás su principal victoria es que han logrado ir normalizando ante la opinión pública el tema de la orientación sexual.

El gay power

Hace un mes una pelea tuitera encendió la red social. Todo partió con las críticas del conductor de TVN Juan Manuel Astorga al precandidato presidencial Alejandro Guillier por su responsabilidad, en 2003, cuando era director de prensa de CHV, en la cámara oculta al juez Daniel Calvo -a cargo del caso Spiniak- en la que éste era interpelado por haber ido a un sauna gay.

El también periodista Pedro Cayuqueo quiso avivar un poco más el debate y escribió: “Llamaría al lobby gay presente en los medios a tomar una agüita de boldo. Lo necesitan”, a lo que el escritor Pablo Simonetti y uno de los fundadores de la fundación Iguales le respondió duramente: “Confundir incidencia política de derechos para todos con lobby que busca con plata prevendas para grupos de presión es venenoso”.

El término “lobby gay” no es uno neutral, sino que está cargado negativamente. A partir de los 60 ha sido usado en Estados Unidos y Europa para referirse a una supuesta “mafia homosexual” en industrias como la moda, el espectáculo o la misma política. Es el término que usó Benedicto XVI para describir a un grupo de poder que él tuvo que luchar por disolver antes de renunciar, y al que también aludió su sucesor Francisco I para hablar de corrupción. También lo utilizan algunos movimientos conservadores para denunciar una representación excesiva y poco transparentes de los homosexuales en la agenda.

Por esto, los activistas de esta causa rechazan el término, porque privatiza y le da un tinte oscuro a lo que ellos consideran que es la defensa de una causa de derechos humanos y de la libertad de las personas. Al día siguiente, Cayuqueo volvió a tuitear. “Hablar de lobby es casi tabú. Es lo que hacen muchas instituciones y líderes de opinión. Desde Correa a Pablo Simonetti. Me incluyo”.

La pelea no siguió, pero sí quedó rondando: ¿cuánta influencia tienen hoy los movimientos ligados a la diversidad sexual para influir en la agenda?

Tratando de salir del clóset

Aunque en los 80 hubo grupos feministas y un trabajo de base de incipientes colectivos -como Acción Gay, nacido en 1987-, la lucha por los derechos de los movimientos LGBTI en Chile se hizo visible con el retorno a la democracia. Esto, pese a que, como cuenta el escritor Óscar Contardo, autor de Raro, en esa década la apertura de la sociedad y la política frente al tema era nula. “Era un movimiento que tuvo que soportar el ninguneo incluso de dirigentes de derechos humanos de la época”, explica.

Esto se hizo patente en su estreno en sociedad: la marcha en conmemoración del aniversario de la entrega del informe Rettig en Santiago, en 1992, donde los gays marcharon enmascarados. Uno de los asistentes fue Marco Becerra, director de Acción Gay y secretario pro tempore del Frente de la Diversidad Sexual. “Llegando a calle Namur me saqué la máscara… Eso tenía que ver con el tema de salir del clóset. Tenía 24 años y era un acto de liberación, una forma de decir acá estamos solidarizando con las víctimas nosotros, que también somos víctimas”, dice.

Becerra explica que en esos años no era sencillo llegar al Congreso con una agenda por la diversidad. “Estaban la ‘Toyita’ Errázuriz y la María Angélica Cristi, que ponían unas caras… era muy divertido. Sentías el rechazo y repudio”, recuerda. Pero no todas eran malas caras, también encontraron acogida en parlamentarios como Fanny Pollarolo, José Antonio Viera-Gallo y María Antonieta Saa. “Nos apoyaron con cariño, pero era súper complicado hacerlo porque socialmente había muy poca comprensión del tema”, dice el activista de Acción Gay.

Saa hoy recuerda que en los 90 ese respaldo tenía un costo. “Me miraban raro por apoyar estos temas. Muchos todavía creen que soy lesbiana por eso y porque soy soltera. Y nada que ver. Si lo fuera, lo diría…”, dice la ex parlamentaria que era una confesa feminista en los 80 y conoció al histórico dirigente del Movilh Rolando Jiménez en la década siguiente, cuando impulsaba un cambio en el artículo 365 del Código Penal que penalizaba la sodomía, causa que -concuerdan algunos- estrenó el activismo homosexual organizado en Chile.

La ex parlamentaria recuerda que una de las primeras ocasiones en que un grupo LGBTI participó en una comisión de la Cámara, escuchó a sus colegas decir sorprendidos: “Mira, son inteligentes…”. Un trabajo que dio frutos recién en 1999 cuando se despenalizó finalmente la sodomía. “Lo logramos gracias al lobby, término que en esa época no significaba lo que significa hoy”, dice Becerra.

María Antonieta Saa destaca que Jiménez entendió rápido que había que hacer un trabajo de incidencia con las autoridades y que la presencia del Movilh (creado en 1991) provocó un quiebre cultural en el Parlamento. “Hay que reconocerle un rol relevante en mantener la causa sobre una mesa a la que nadie quería sentarse”, dice Contardo.

Para Jiménez, ese no era un terreno desconocido: como dirigente comunista bajo Pinochet, conoció a varias personas que luego en democracia llegaron a puestos de poder, pero los dispuestos a conversar estos temas “los contaba con los dedos de una mano”, dice hoy el histórico activista.

Partir por la derecha

La militancia comunista de Jiménez ayudó a asociar la agenda de diversidad sexual con la izquierda, un sector donde “hay mucho conservadurismo también, pero hubo una apertura más rápida”, dice la diputada Maya Fernández. Karla Rubilar, hoy independiente de derecha, una de las primeras parlamentarias de su sector en abrirse a estas demandas, recuerda que le advertían que iba a perder votos.

Jiménez se ríe un poco de ese estigma. Dice que la derecha siempre creyó que esta lucha era parte de la agenda progresista de la izquierda, “pero nada que ver”, opina, asegurando que en la izquierda el Movilh tampoco era muy querido. “El conservadurismo y la homofobia son transversales”, agrega.

Con los años aparecieron otros referentes hablando estos temas. En 2006, la Corporación Humanas, un grupo feminista, formó un observatorio parlamentario. “Nosotros venimos trabajando desde hace mucho tiempo en la incidencia legislativa en temas de derechos humanos, igualdad y no discriminación y justicia de género”, cuenta Camila Maturana, abogada de la agrupación. En 2010 ocurrió otro hito: se encontraron en un foro Pablo Simonetti y Luis Larraín -que un año antes había aparecido en la franja presidencial de Sebastián Piñera-, y por sugerencia del abogado Antonio Bascuñán formaron la Fundación Iguales. Por esos días, Argentina había aprobado el matrimonio igualitario y en Chile ni siquiera había certeza de que un proyecto de Unión Civil llegaría al Congreso para su tramitación.

Luis Larraín (Fundación Iguales), Érika Montecinos (Rompiendo el Silencio) y Rolando Jiménez (Movilh).

“Se necesitaba una renovación y caras nuevas. Creo que en todos los movimientos sociales la gente agradece que aparezcan rostros nuevos”, dice Larraín y agrega que el hecho de que apareciera un activista de una familia conservadora, tradicional y de derecha ayudó a que ese sector político viera el tema “no con ojos de Guerra Fría”. “Esta era una realidad que no ocurría en sus familias, en su sector ni en su barrio, y yo les demostré que sí”, dice el hijo del director ejecutivo de Libertad y Desarrollo.

Contardo cree que en una sociedad con las relaciones de clase de la chilena, el que surgieran estos nombres sirvió para acercar el tema gay a los sectores donde se toman las decisiones. “Ellos dieron un paso que nadie había dado nunca en esos grupos sociales y eso es lo importante”, dice el escritor. “Chile sigue siendo un país tremendamente clasista y desde el minuto que Luis Larraín sale en escena, siendo hijo de quien es, claro que genera un reconocimiento a la diversidad en la derecha que está en el Parlamento”, apunta el senador PPD Felipe Harboe.

Más allá de los colores políticos, la estrategia de incidencia de estos grupos ha sido no casarse con nadie y convertir en el mejor aliado al que ayuda a hacer avanzar la agenda. Hay atajos, eso sí: buscan primero a los candidatos presidenciales, que en campaña están más dispuestos a ceder, para que pongan los temas en su programa de gobierno y ojalá se comprometan con una firma a impulsarlos, y luego a los parlamentarios para que les pongan urgencia legislativa al proyecto. “Sabemos que es difícil competir en términos de prioridad política con otras causas”, dice Luis Larraín.

En el Movilh cuentan que parte de su estrategia fue siempre buscar primero el apoyo o la firma de un político o autoridad de derecha. Cuando ya la tenían, iban donde los de izquierda a mostrar lo que habían conseguido del mundo conservador, así corrían el cerco. “Un progresista no podría ser menos que ellos”, cuentan. Larraín dice algo parecido: Iguales concentra el discurso en los no convencidos, porque los aliados ya están con ellos. Luego, intentan el diálogo, entregan información y afinan el lenguaje de acuerdo al interlocutor. “Por mucho que nos insulte un político, agotamos toda posibilidad de entendimiento con esa persona. Así construyes alianzas para el futuro o alguien de su partido se fija en que no los atacamos”, dice Larraín.

Los parlamentarios valoran ese diálogo: “No sé si es lobby o no, pero es bueno y necesario de que las organizaciones sociales conversen con nosotros y sepamos en qué están trabajando”, dice la diputada Maya Fernández. Además, de a poco se han ido convenciendo que el tema de fondo es de derechos: “Chile es hoy un país diverso. Yo tengo una vida súper tradicional, soy casado por la iglesia hace ocho años, pero no le impongo al resto cómo tiene que vivir”, dice Pedro Pablo Browne, de Amplitud.

El concejal Jaime Parada, que fue vocero del Movilh, dice que ese convencimiento tiene mucho más que ver con las vivencias personales que con las órdenes de partido. “Uno nota en el lenguaje y en el discurso cuando esto les toca personalmente: si la hija del ministro tanto es lesbiana o el hijo del parlamentario equis es gay. No es que nos aproximemos desde ahí, sino que más bien cuando estábamos hablando con alguien nos dábamos cuenta de que había un impacto personal en el tema. Eso hacía que cambiaran el voto”.

Marisol Turres es uno de los tres parlamentarios de la UDI que se ha manifestado abiertamente a favor del matrimonio igualitario. Los activistas destacan su valentía y ella reconoce que hace diez años ni siquiera pensaba en el matrimonio entre personas de un mismo sexo, pero cambió de opinión. “Sí, tengo parientes (homosexuales), pero no es sólo eso, conozco muchos cabros jóvenes que lo son y en la vida vas aprendiendo por la experiencia y por la oportunidad de conocer a otros que viven distinto a una”.

Harboe cree que el LGBTI hoy tiene “una influencia que ha permitido visibilizar sus preocupaciones”. El parlamentario, quien fue presidente de la Comisión de Constitución durante la tramitación de la Unión Civil, dice que Luis Larraín, Rolando Jiménez y Camila Maturana son quienes más se ven incidiendo. Otros parlamentarios también mencionan esos nombres.

Claro que no son un frente unido, sino que hay distintos caminos y a veces roces. En 2014 el Movilh demandó al Estado de Chile ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) denunciando que no hay igualdad de derechos porque no hay matrimonio igualitario. A partir de eso hicieron una agenda de ocho puntos con el gobierno para resolver en conjunto y que incluye compromiso del Ejecutivo a presentar durante el primer semestre de 2017 el proyecto de ley de matrimonio igualitario.

En Iguales comparten este foco, pero están preocupados por el lento avance de la ley de identidad de género, que lleva tres años y medio en el Senado y esta semana sumó 78 nuevas indicaciones. Esa norma es también una prioridad para los grupos trans.

Por su parte, agrupaciones lesbianas como Rompiendo el silencio, Visibles y Familia es Familia, a las que se suma la feminista Humanas, están trabajando en el proyecto de ley sobre derechos de filiación de hijos de parejas del mismo sexo, presentado en abril. Además, Erika Montecinos, directora ejecutiva de la agrupación Rompiendo el Silencio, cuenta que tienen una mesa de trabajo con el Minsal sobre la salud de las mujeres homosexuales y con el Sernam buscan que se reconozca el crimen de una mujer contra otra como femicidio si tenían una relación.

Juntos, no revueltos

La figura de Rolando Jiménez es lejos la más polémica dentro del movimiento. “Él es una persona conflictiva. Tiene mucha experiencia militante, pero también tiene violencia en la forma: portazos, gritos, amenazas”, opina Becerra, de Acción Gay. Formas “éticas y estéticas” que desde el movimiento dicen no compartir y considerarlas anacrónicas.

Ese estilo ha llevado a que el Movilh sea la única agrupación grande del movimiento que no forma parte del Frente de la Diversidad Sexual. ¿Por qué? “No nos invitaron. Punto”, zanja Jiménez. Becerra deja la puerta abierta: “Deberían estar. Hacer un esfuerzo de pensar que es mejor estar unidos que desunidos. Yo los invito a sumarse, en igualdad de condiciones, eso sí”.

En el colectivo dicen que la falta de interés del Movilh responde a una búsqueda de protagonismo en desmedro del resto del movimiento. Eso ya lo resintieron durante la promulgación de la ley Zamudio, donde sintieron que la histórica agrupación no quiso “compartir” el crédito. Y temen que con el matrimonio igualitario pase lo mismo.

“Jiménez tiene una cosa de egopatía. Quiere pasar a la historia como el que logró el matrimonio igualitario, pero sabe que mientras no haya una firma de ley promulgada los libros no van a hablar de él”, se queja uno de los entrevistados. Aunque el histórico dirigente lo desestima: “Nunca ha sido una pretensión pasar a la historia como alguien relevante en ningún tema. Si quisiera trascender, escribo un libro, planto un árbol y tengo un hijo”, responde el aludido. Más importante para él, dice, es “que los chiquillos puedan pololear tranquilos en los colegios y que no vivan la soledad afectiva que viví yo cuando tuve 13 años”.

Entre varios de los que critican el estilo de Jiménez, hay quienes reconocen que su frontalidad ha sido clave en la apertura de la agenda LGBTI. “Al movimiento, en general, le da un contrapunto particular. No creo que le reste”, dice Contardo, mientras otro entrevistado define el aporte en una frase: “Sin él no hubiera existido Luis Larraín”.

Choque de trenes

Ahora el trabajo de estos activistas se encontró con los evangélicos. “Hay un choque de trenes”, dice la diputada Rubilar, y reconoce -al igual que algunos colegas- que más de alguna vez estos grupos le han advertido que si apoya la agenda LGBTI “nos vamos a acordar de eso en las elecciones”. Harboe, senador por la VIII Región, donde hay mucha población evangélica, asegura que no siente esa presión: “Ellos saben que soy liberal en lo valórico y que también los he ayudado a ellos para que se termine la discriminación de la Iglesia Católica”, cuenta y agrega, al igual que sus colegas, que “hay que escucharlos a todos”.

“Los parlamentarios le tienen tanto miedo a los gays como a los evangélicos”, dice Parada, pero le baja el perfil a la idea de la fuga de votos por una razón muy sencilla: ni evangélicos ni homosexuales votan en bloque. Los hay de izquierda, derecha y centro, y votan en consecuencia, dice. “No creo que un evangélico de centroizquierda vaya a votar por Iván Moreira por el hecho de que sea el autoproclamado senador evangélico, eso no existe”, explica el concejal.

“¿Cuánto pesamos hoy?”, se pregunta Larraín: “Hay que reconocer las propias limitaciones y entender que nuestra agenda no es la única”, dice y agrega que si fueran un peso pesado, tal vez Guillier habría matizado su discurso sobre el caso Calvo. “Hoy es muy difícil manifestarse en contra de los temas de la diversidad sexual”, asegura Erika Montecinos, y agrega que son suficientemente fuertes para cuestionar a un candidato -como ocurrió con Guillier- o para levantarlo para que sea presidente. “Pero de ahí a bajarlo. Hay que ver…”.

PRONOMBRES Y BAÑOS

Por Marcelo Córdova

En otras partes del mundo la discusión en torno a los derechos LGBTI va está bastante pasos más allá de lo que ocurre en Chile. Por ejemplo, durante estas últimas semanas, el profesor de sicología Jordan Peterson ha estado en el centro de una de las discusiones más intensas que se están sosteniendo a nivel internacional en esta materia. La controversia partió luego de que este académico de la Universidad de Toronto, en Canadá, se rehusara a usar pronombres neutros que son demandados por los grupos transgénero para reflejar lo que ellos llaman identidades no binarias y que incluyen términos como “ze” y “zir” en lugar de “she” (ella) o “he” (él).

Además, en varios videos publicados en septiembre Peterson criticó una normativa que se discute en el Parlamento de su país y prohíbe la discriminación en base a la identidad y expresión de género. “He estudiado el autoritarismo por mucho tiempo, casi 40 años, y suele ser iniciado por intentos de gente que busca controlar el territorio lingüístico e ideológico. No hay forma de que vaya a usar palabras inventadas por gente que quiere hacer eso”, dijo a la BBC.

Este tipo de medidas también se ha adoptado en universidades de Estados Unidos como Vermont y Harvard, donde al matricularse los estudiantes pueden elegir si desean que se refieran a ellos como “he”, “she”, “ze” o sólo mediante su nombre.

En 2015, Nueva York modificó su ley de derechos humanos local y determinó que las personas que arriendan sus propiedades, empleadores y negocios en general, pueden ser llevados a juicio si se refieren a una mujer transgénero como “él” o “señor” de manera intencional. La norma también define como discriminatorios los códigos de vestimenta que exigen que los hombres usen corbata o que las mujeres ocupen falda y, además, considera sanciones en el caso de que se le niegue el uso del baño femenino a una mujer transgénero. En este último punto, Estados Unidos vive una batalla interna debido a leyes radicalmente distintas: en California una ley de 2011 permite que las personas transgénero elijan el baño de su preferencia, mientras que la norma HB 2 aprobada en marzo en Carolina del Norte prohíbe que las personas usen baños públicos que no correspondan al género que aparece en sus certificados de nacimiento, lo que ha provocado que una serie de artistas, como Pearl Jam y Bruce Springsteen, al igual que el Cirque du Soleil, cancelaran sus presentaciones en ese estado.

Mientras tanto, Bernie Sanders, el candidato demócrata que compitió por la nominación de su partido con Hillary Clinton, aseguró que la gente está cansada de escuchar de los baños liberales, como una forma de llamar la atención sobre la necesidad que tiene este sector de volver a otros temas más masivos.

Fuente: La Tercera