-Relaciones de género
Por José Joaquín Brunner
Sin duda, las mujeres participan ahora de manera más numerosa y decisiva en diversos ámbitos de la sociedad: el Gobierno, la educación superior, la mayoría de las profesiones, la administración institucional, las Fuerzas Armadas, el deporte, el comercio y los medios de comunicación. Esta creciente participación expresa la revolución de género -quizá la más profunda y de mayores proyecciones- que comenzó en la segunda mitad del siglo pasado y, en Chile, hace un par de décadas. En virtud de ella, la escena social está cambiando dramáticamente de composición y estilo.
El hecho de que nos gobierne una Presidenta es seguramente la manifestación más significativa de tal fenómeno. Mas no la única. A su lado están las mujeres ejecutivas de empresas, trabajadoras temporeras, jefas de hogar, investigadoras y científicas, pilotos de aviones civiles y militares, líderes comunitarias, artistas y diseñadoras, embajadoras y gestoras culturales, doctoras que reciben a sus pacientes hombres y los invitan -para su apenas velado desconcierto- a desnudarse. Dicho en breve: una cantidad de roles sociales se han femenizado por ocupación y ejercicio y, con ello, nuestra sociedad ha ganado en diversidad, talento y, también, en asombro conservador, al constatar que el “sexo débil” ha escapado finalmente del enclaustramiento doméstico y se ha convertido en una semejante, un par.
Incluso más: los principales procesos de transformación de la sociedad chilena se hallan imbricados de muchas formas con este masivo cambio de roles. Así ocurre, por ejemplo, con la disolución de la familia tradicional, el retroceso del matrimonio, la creciente secularización de la vida pública y privada, el desencantamiento del vínculo romántico, la liberalización de los valores y las pautas de conducta, el abandono de los modelos tradicionales de socialización de niños y niñas; el hacerse cargo de la propia sexualidad, como parte de la autonomía de las y los individuos, etc. Ni Marx ni Freud (en cualquier caso menos el primero que el segundo) podían haber anticipado esta evolución.
De lo dicho no cabe sino concluir que se ha alcanzado un grado mínimamente satisfactorio de igualdad de derechos y oportunidades entre mujeres y hombres. En efecto, en áreas claves -de poder, riqueza e influencia- subsiste un evidente predominio de las posiciones masculinas. Nuestras elites políticas, económicas, sociales y culturales están compuestas, todavía, por una desproporcionada mayoría de hombres. Y, como revela la iconografía de la “vida social” en la prensa, al lado del poder que emana de las figuras masculinas, la fotografía expone aún a la mujer burguesa como decoración, elegancia y signo (adicional) de distinción. Prima allí, como en general en las instancias de decisión, un decidido tono masculino; testimonio de tiempos pasados, donde se generó -a lo largo de siglos- la disimulada equivalencia entre hombres/inteligencia/acción frente a la mujer/emoción/pasividad. El descanso del guerrero; hoy, en un tiempo ya no heroico, del vendedor o del ejecutivo.
Por su lado, la participación de la mujer en la fuerza de trabajo, condición de autonomía personal en las sociedades capitalistas, es en Chile una de las más bajas de Sudamérica, al mismo tiempo que la diferencia de sus ingresos con aquellos percibidos por sus pares hombres en un mismo cargo es una de las mayores. Asimismo, persisten zonas de exclusión de las mujeres, de abuso comercial -simbólico y material- de su figura y, lo más grave, de violencia física en el seno del hogar.
En cualquier caso, la emergencia de la mujer en nuevos roles sociales entraña no sólo una profunda transformación de la sociedad, sino, además, un cambio de las identidades y relaciones de género. Mientras la mujer aparece cada vez más en posesión de sí misma -su cuerpo y sexualidad, sus conocimientos y sensibilidad, su inteligencia y capacidad de agencia- los hombres, al contrario, experimentan un progresivo retraimiento, un deterioro de su antigua posición dominante y una sensación inquietante de amenaza frente a tan inesperada alteración del curso de la historia.
-En la economía y los negocios
Por Felipe Morandé
El paulatino ingreso de la mujer chilena al mundo laboral y de los negocios es un fenómeno que replica en lo grueso, lo que ha estado ocurriendo en los países desarrollados desde hace décadas. Responde a una suma de factores que han facilitado y alentado la salida de la mujer de la casa y su rol de madre y dueña de casa a tiempo completo. La revalorización de la mujer en cuanto a sus capacidades intelectuales, la masificación de los métodos de control de natalidad, las crecientes aspiraciones materiales que trae la sociedad de consumo, el ingreso masivo de las mujeres a la universidad, son algunos de esos factores. A ello se agrega, especialmente en el mundo popular, la necesidad de un segundo ingreso en el hogar para escapar de la pobreza, o simplemente la necesidad de una mujer jefa de hogar de asumir la responsabilidad de alimentar y criar a sus hijos.
Hay algunas estadísticas interesantes que muestran la singularidad de la participación femenina en el mundo del trabajo nacional. Por ejemplo, existe un número creciente de mujeres en cargos ejecutivos, en empresas medianas y grandes, alcanzando más de un 20% de esas posiciones en la actualidad. Esto no puede sino incrementarse, considerando que se están graduando más mujeres que hombres de la universidad en áreas como la administración de empresas, y un porcentaje también significativo en las ingenierías. Sin embargo, las ejecutivas reclaman que siguen siendo peor remuneradas que sus pares masculinos, que se les dificulta el acceso a los cargos directivos y que se les discrimina por la maternidad. Tengo la impresión de que hay mucho de justicia en el reclamo, pero que las razones de la discriminación son una mezcla de un poco de machismo en los hombres que dominan la dirección de las empresas y razones culturales que trascienden a una empresa en particular. Es decir, es un hecho que una mujer en edad fértil puede quedar embarazada y tener la necesidad de ausentarse algunos meses de su trabajo, obligando a la empresa a readecuar sus cuadros, al menos temporalmente, con un costo asociado a ello. También es un hecho cultural que las mujeres que son madres suelen tener más restricciones horarias para su dedicación al trabajo (se resisten a reuniones muy tarde, por ejemplo) y, más importante, suelen valorar más la vida familiar cotidiana que los varones padres. Puede que se requiera todavía de una generación más antes de que estos aspectos desaparezcan y, con ello, el trato laboral a las mujeres sea el mismo que a los hombres.
Pero no será una tarea fácil. Hay un número creciente de estudios que señalan la importancia del apego y de la presencia especialmente de la madre en los primeros dos a tres años de vida de un hijo. Esto, que apunta a la búsqueda de personas más felices en el largo plazo, atenta justamente contra el éxodo completo de la mujer de su casa y tensiona a las madres de niños pequeños que ven coartadas parcialmente sus posibilidades de acceder a más cargos directivos y a mejores salarios.
Una consecuencia involuntaria de lo anterior es el creciente interés de las mujeres por ser emprendedoras. Según el INE, cerca de un 15% de las Pymes en Chile pertenecen a mujeres, las que, entre otras cosas, buscan esa anhelada autonomía horaria y libertad frente al trabajo. Una encuesta del CEEM muestra que más de 9 de cada 10 mujeres empresarias (mayormente Pymes) no estarían dispuestas a transformarse en ejecutivas en las mismas condiciones económicas que tienen actualmente.
Otra consecuencia involuntaria es la postergación del matrimonio y de la maternidad, cuestión que ya se está sintiendo con fuerza en los grupos medios y altos en Chile. Esto, que contribuye al envejecimiento de la población, tendrá también efectos importantes en las políticas públicas hacia el futuro.
Visto desde una perspectiva más micro, mi experiencia me indica que la participación femenina en la empresa trae una visión mucho más holística, pero a la vez con apego al detalle y a las relaciones interpersonales. Son las mujeres (en promedio) más laboriosas, cumplen mejor y a tiempo las tareas asignadas, usan más eficientemente el horario de trabajo y pueden ser muy creativas cuando se les deja. Pueden ser menos agresivas en sus metas, pero las logran con mayor seguridad. Sin embargo, les cuesta más depender de otra mujer, y a veces se generan conflictos entre ellas sobre cuestiones que a los hombres nos parecen intrascendentes. Con todo, el balance es ampliamente positivo para la empresa.
-Mujeres y espacio público
Por Carlos Peña
“Hace algún tiempo las niñas me decían que querían ser doctora. Ahora me dicen que quieren ser presidentas”.
Así resumió alguna vez Michelle Bachelet el cambio cultural que representó. Allí donde la división sexual del trabajo -sumada a la historia- dejaba a las mujeres fuera del manejo del Estado, ella probó que con la determinación suficiente, el poder estaría casi al alcance de la mano.
Lo demás vino casi por añadidura.
Hoy hay cinco mujeres en la Corte Suprema (ellas siempre fueron la mitad o más de los jueces, pero escasearon las que lograban ascender a puestos de autoridad); un cuatro o cinco por ciento del total de las Fuerzas Armadas y poco más del diez por ciento de las policías son mujeres (y llegará el día en que sean comandantes en jefe); las recientes elecciones incrementaron el número de mujeres en el Parlamento (acaban de ser elegidas dieciocho diputadas y tres senadoras), y del total de quienes asisten a la educación superior, la mitad son mujeres (aunque siguen concentrándose en algunas carreras definidas por habilidades consideradas femeninas).
Así entonces, no cabe duda. El espacio público -el ámbito donde deliberamos acerca de los asuntos comunes- acoge hoy a ambos géneros. La línea de lo que es posible para las mujeres se ensanchó de una sola vez y ya nada, o casi nada, parece quedar lejos de su alcance. ¿Significa lo anterior que hay motivos para estar satisfechos y tranquilos?
En absoluto.
Mientras algunas mujeres alcanzaban la Corte Suprema, pilotaban aviones, llevaban armas, ganaban las elecciones o comenzaban una carrera profesional, y mostraban de paso que el talento y la inteligencia se reparte por igual entre ellas y los hombres, había otras que eran víctimas de violencia en sus casas hasta perder la vida o poco menos. Hace apenas una semana, la estadística de femicidios (es decir, de asesinatos donde el género de la víctima es determinante) se empinó a ¡55! Casi cinco mensuales. Esas mujeres asesinadas empatan de más al número de las que ingresaron a puestos de relevancia en el espacio público.
Y hay una inmensa mayoría que, sin consentirlo, encoge su vida como consecuencia de la división sexual del trabajo (que se expresa, es bueno recordarlo por estos días, incluso en la Presidencia de la República, donde es costumbre que la mujer siga al varón reproduciendo en el más alto cargo del Estado la división del trabajo del hogar).
¿Sería de esperar, sin embargo, que aquellas mujeres que accedieron al espacio público se empeñen en remover, hasta sus últimos detalles, los obstáculos de género que todavía quedan y que amagan la vida de esas otras que son miles?
Desgraciadamente no es seguro.
Todavía hay quienes piensan que la división sexual del trabajo -la mujer en el hogar, el hombre en el mercado- es una cosa natural. En vez de pensar que una cosa es el sexo de cada uno y otra el papel que cada cual debe cumplir -sin que ambos estén necesariamente vinculados-, hay las que todavía creen a pie juntillas que en el guión del universo está escrito que las mujeres deben hacer algunas cosas y los hombres otras. Y que las sociedades funcionan bien cuando la mayoría se ciñe a ese guión. Y mal cuando se aparta de él.
En suma, no todas las mujeres que han accedido al espacio público se han enterado que, como confidenció Marilyn a Capote, son muchas las cosas que una mujer debe hacer sin que medie su consentimiento, “su auténtico consentimiento interior”.
Por supuesto, para mejorar la situación de las mujeres no se trata de lograr que todas aspiren al espacio público y vean en la división sexual del trabajo un engaño que hay que eludir. Algo así sería torpe y desconocería que hay casi tantas formas de vivir la vida humana como individuos.
De lo que se trata, en cambio, es de que todas las mujeres puedan escoger el tipo de vida que quieren llevar adelante. En otras palabras, que su voluntad importe. Y así ninguna diga lo que Nora, el personaje de Ibsen: Puedo hacer todo lo que quiera porque sólo quiero hacer aquello que debo.
Se trata que todas las mujeres puedan tener la voluntad de esa niña que, lejos todavía de los rigores de su género, habló a Michelle Bachelet y le dijo que sí, que ella quería ser Presidenta.
-Todos somos más mujeres
Por Eugenio Tironi
En mayo de 2005 escribí una columna titulada “La Mujer la lleva”. Afirmaba que “en los años noventa el protagonismo de las mujeres ya se volvió incontestable”. Destacaba su ascenso en la fuerza laboral, su ingreso masivo a la educación superior, equiparando u superando a los varones, y el alto número de hogares (un tercio) encabezado por una mujer. También, su mayor presencia en la dirección de empresas y sindicatos. Y por último subrayaba el hecho que, “por primera vez desde que yo al menos tenga recuerdo, la lista de las personalidades públicas más populares del país está encabezada por dos mujeres: Soledad Alvear y Michelle Bachelet”.
Las cosas han cambiado desde entonces. Pero no en contra, sino a favor de las mujeres. El hito fundamental: cuando Bachelet fue elegida Presidenta. Éste no fue solamente un suceso político. Fue un suceso sociológico, que consolidó y proyectó el Chile que estaba naciendo bajo nuestros pies. Cambió la apreciación de las mujeres, la relación de éstas con los hombres, y la noción misma de liderazgo. Y en todos los planos: desde el hogar a la empresa, desde la iglesia a la política. Es el cambio más profundo que ha experimentado la sociedad chilena desde la recuperación de la democracia.
En un momento surgieron dudas. Si tanto diálogo, tanta empatía, tantas comisiones, no erosionarían el sentido de autoridad y el orden público. Si tanto corto plazo no mataría la capacidad del país de proyectarse, de correr riesgos, de soñar. Y surgió incluso la tésis si acaso, después de este “recreo”, en que lo pasamos bien pero avanzamos pocos, no necesitaríamos el retorno de los liderazgos más clásicos, más centrados en el orden, en la producción, en el futuro.
Y vino la crisis económica mundial, en septiembre de 2008. Paradójicamente, ésta santificó el “estilo Bachelet”, pulverizando las suspicacias. ¿Cuántas veces no se le acusó de contentarse con metas “mediocres”, de acumular antes que arriesgar, de desconfiar en las liberalizaciones; en fin de ser extremadamente conservadora? Pues bien, porque fue fiel a sí misma es que el país pudo afrontar en buen pie las turbulencias económicas y salir en ayuda de los grupos más afectados, confirmando ese rasgo característico del liderazgo femenino, que quizás ande más lento, pero no abandona a los que se quedan atrás. Todo esto, hoy, es reconocido por tirios y troyanos. Y este reconocimiento correspone no sólo a la Presidenta, sino a una forma de liderazgo identificado con la mujer.
En la columna citada señalaba que estábamos “entrando ahora a una nueva época. En ésta, la demanda básica es mejorar la convivencia, crear un sentido de comunidad, elevar el bienestar. El liderazgo que se reclama debe facilitar las interacciones, dar energía, elevar la autoestima de las personas y no simplemente fijarles metas y objetivos. Debe ser capaz de ofrecer cariño, compañía, compasión -y si me permiten emplear una palabra que a los hombres nos cuesta pronunciar, amor-, con un estilo afectivo y transparente”. Un liderazgo “que atienda la vulnerabilidad de las personas antes que el equilibrio de las instituciones. Más obsesionado por lo doméstico que por lo utópico; más ocupado de la gestión que del cambio. Lo que buscamos, en suma, es un liderazgo de tipo femenino”.
Creo que esta demanda no se ha agotado, ni mucho menos: se ha validado. Las chilenas y chilenos queremos más Bachelet -y en todos los órdenes de nuestra vida-, no menos. Y se indignan con quienes no los han escuchado -entre ellos, los partidos de la Concertación.
Pero mi impresión es que todo esto ya no es tema en las nuevas generaciones. Es un hecho. Las relaciones entre generos son totalmente transversales, y las mujeres ocupan naturalmente posiciones de liderazgo. ¿Que les cuesta más ser reconocidas? ¿Que tienen que esforzarse más para lograrlo? ¿Que tienden a replegarse a funciones “domésticas” (administración, producción, logística) antes que a funciones “creativas”? Es cierto; todo eso es cierto. Pero hay un cambio fundamental respecto de hace diez años.
A la par con lo anterior, es un hecho que todas las organizaciones se han venido “feminizando”. Ya hablamos del gobierno. Pero también las empresas, los gremios, las universidades. Todo eso de las “habilidades blandas”, como la comunicación, la negociación, la visión del entorno, no es sino un eufemismo para referirse a atributos propios de las mujeres. En pocas palabras, si antes a todos nos enseñaban a cómo ser hombres o más hombres, hoy nos enseñan a cómo ser mujeres o más mujeres. ¡Y todos hemos ido aprendiendo!
¿Qué falta mucho? Sí, por supuesto. Pero las mujeres deben preocuparse, pues están perdiendo el monopolio de la “femineidad”, y seguir apelando a atributos que antes eran exclusivos y hoy son compartidos comienza a verse patético más que distintivo. Los hombres sabemos lo que tenemos qué hacer: ser más mujeres. Y las mujeres, ¿qué?
-“Mientras la mujer aparece cada vez más en posesión de sí misma, los hombres, al contrario, experimentan un progresivo retraimiento, un deterioro de su antigua posición dominante y una sensación inquietante de amenaza frente a tan inesperada alteración del curso de la historia”.
-”De lo que se trata es de que todas las mujeres puedan escoger el tipo de vida que quieren llevar adelante. En otras palabras que su voluntad importe”.


lo que caracterizaba a las mujeres en otras épocas era que supuestamente no eran capaces más que de dedicarse a la vida doméstica, por ejemplo. Si vivimos en una época donde esta idea ha cambiado, ¿qué significa entonces que las mujeres se mantengan “fieles a sí mismas”? ¿es “bueno” seguir siendo verdaderas mujeres? ¿quién dice en cada contexto histórico/cultural cuál es la mujer “de verdad”? Esos modelos ¿a quiénes les son útiles?
¿Por qué la figura de apego en la primera infancia siempre es asociada con la madre, como si el padre no pudiera constituirse como tal?
Tengo un montón de preguntas más, que claramente estos señores no se han hecho.